El rosario de putts fallados por Rory McIlroy fue demoledor. Cinco desde tres metros y medio, o menos, en los primeros nueve hoyos

En la catedral californiana del Genesis Invitational, y bajo la arboleda eterna de Riviera Country Club, a Rory McIlroy se le escapó algo más que un trofeo; se le fue el domingo entre los dedos… y, sobre todo, entre los labios del hoyo.
El norirlandés partía seis golpes por detrás de Jacob Bridgeman con una misión clara: hacerle sentir su aliento desde el primer tee. Si lograba presionarle pronto, creía tener opciones reales de remontada. Y el guion, por momentos, le dio la razón. Bridgeman se mostró tembloroso en el tramo final -llegó a admitir que no sentía las manos en la última hora de juego-, pero cuando llegaron los nervios ya era tarde; McIlroy había dejado escapar demasiadas oportunidades en los primeros nueve hoyos.
“En los segundos nueve hoyos empecé a confiar más en mis lecturas y a ir con mi primer instinto”
El rosario de putts fallados fue demoledor. Erró desde 3 metros para eagle en el 1, desde 3,35 para birdie en el 4, un par de metro y medio en el 6, otro de 2,5 en el 8 y uno de casi dos en el 9. Cuando ese último volvió a escaparse, la escena rozó lo irónico; caminó hacia la bola con gesto de incredulidad; embocó para par y comprobó que no había recortado ni un solo golpe. Salió al día a seis impactos y seguía a seis al pasar el 9.
Las estadísticas confirmaron la sensación; perdió casi dos golpes en los greenes el domingo y más de tres en el cómputo de las dos últimas rondas, justo lo contrario que en los dos primeros días, cuando había ganado 4,5 golpes con el putter.
“Lamentaré básicamente los 18 hoyos de ayer y los nueve primeros de hoy; 27 hoyos en los que no aproveché las oportunidades que me di”; confesó Rory McIlroy tras firmar una tarjeta que le dejó a un solo golpe del ganador, empatado en la segunda posición.
El giro llegó en el segundos nueve. Con Bridgeman atascado sin birdies desde el hoyo 3, McIlroy sumó en el 11 y el 12 -este último con un espectacular golpe desde el búnker-. Salvó pares clave, incluido uno en el 15 tras embocar desde 2,5 metros, y añadió birdies al 17 y al 18. Especialmente cruel fue el desenlace; en el último hoyo, por fin cayó un putt largo, un purazo de casi nueve metros que le devolvió una chispa de esperanza. Pero Bridgeman respondió con un sólido par desde tres pies para sellar su primer triunfo en el PGA Tour.
“En los segundos nueve hoyos empecé a confiar más en mis lecturas y a ir con mi primer instinto. Estaba pensando demasiado”; explicó McIlroy. “Veía un putt de Jacob desde el otro lado y trataba de incorporar eso a mi lectura. Les estaba dando demasiadas vueltas y eso me costó”.
Pese a la oportunidad perdida en uno de los escenarios más emblemáticos del golf estadounidense, el balance del número uno europeo fue sereno. Tras su T14 en el AT&T Pebble Beach Pro-Am y este segundo puesto en Riviera, asegura sentirse tan sólido como en el arranque del año pasado, cuando encadenó triunfos de peso en Estados Unidos. “Creo que mi juego está en muy buena forma. Solo tuve tres bogeys en toda la semana. Estoy deseando jugar en greenes de bermuda en las próximas semanas”; apuntó.
El trofeo se esfumó por la vía más inesperada para un jugador de su calibre; el putter. En Riviera no fue el swing largo el que le traicionó, sino esa delicada danza sobre el green. Y en un domingo donde bastaba un solo acierto temprano para cambiar la historia, el golf recordó su verdad más cruel; a veces no gana quien más aprieta, sino quien menos perdona.
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